Tecnofobia Por: Gonzalo Zalaya.
—Tecnología.
—¿Qué dice vuesamerced?
—No lo se. De pronto esa palabra martilleó mis sienes y tuve que pronunciarla.–respondió el Quijote.
—¿Y esa tecnología no será acaso brujería y malas artes?–preguntó aterrado Sancho.
—Peor Sancho, mucho peor. Ni los más funestos y viles hechiceros llegarían jamás a causar tanto daño!–respondió horrorizado el último caballero.
Silencioso y callado, como la mayoría de las veces, observo el mundo que me rodea. Yo siempre digo que desde mi balcón se podía ver la Luna y las estrellas, y que podía espiar a Orión mientras cazaba ciervos en las constelaciones más remotas.
Ahora ya no.
Las grúas llegaron de improviso, insultando y amenazando con sus huesos de frío metal. La maravillosa edad del hierro y el cristal nos ha conducido a la ruina, diría más tarde mi padre.
Llegaron una mañana de febrero, helada y gris, llorosa y deprimida. Yo no lo sabía, pero nunca más podría ver la Luna desde mi pequeño balcón, que miraba a las montañas y al mar azul, tan lejano y distante como la mujer que amo.
Nunca más, lo cual es mucho decir.
En pocos meses erigirían su creación: una oficina de seguros de trece plantas y con pista de helicóptero en su azotea.
Ya nada podría consolarme, a menos que alguien hiciera desaparecer toda aquella tecnología prostituida al servicio del oro y las ardientes doncellas. Los imperios se mantienen con sangre y hormigón, pensé. Tampoco les importa la Luna.
—Es como cuando te encaprichas con una tía, te la enrollas y luego deja de importarte porque ya has conseguido el trofeo.–me diría dos días más tarde un tipo en la discoteca.
Ya la han pisado, ya la han poseído. Nada importa a la máquina, sólo quiere que dejemos de soñar, que nos angustiemos y solicitemos créditos a los bancos. Que seamos productivos mientras existimos y que muramos cuando dejemos de ingresar nuestro sudor en la Ruleta del Fracaso.
El anciano me miraba, como siempre, sentado desde su banco en el parque. Cada mañana alimentaba a las palomas y les decía cosas. Él ya era prescindible, ya no era un trabajador esencial. La Máquina había decretado que tenía que morir, pero él se resistía, cada mañana, mirando a los árboles y cantando a los pocos pajarillos que revoloteaban cerca suyo.
Estaba en una isla verde, rodeada de pútrido asfalto negro y atormentada continuamente por los miles de aullidos que la plebe y la muchedumbre emitían. Los coches arrollaban como lobos la carretera, devorándola con velocidad y estupidez.
Estaba solo. Siempre solo. Nada le perturbaba y la Máquina rechinaba sus dientes cuando los ordenadores encargados del censo le comunicaban que ese individuo no existía.
Nunca había sido registrado. Era libre.
Era un desgraciado, hubiera dicho cualquier necio.
Se llamaba Manel. Me lo dijo un día mientras compartía con él una horchata invernal. Su historia era triste, fruto de un tiempo de ira y odio que nunca más abandonó a este pueblo
—Durante la guerra fui biólogo. Una mañana de julio me llevaron a fusilar.–me dijo.
Tragué saliva.
—Pero me fusilaron mal. Ya me entiendes...que te metan una bala en el estómago siempre és fotut.–dijo sonriente–No pudieron conmigo.
Tras ello, los ganadores le dieron por muerto y todos los documentos oficiales así lo demuestran. Así pues, tenía un muerto delante mío. Un muerto divertido y lleno de anécdotas y aventuras. Sus familiares no querían problemas y cuando regresó a casa no quisieron reconocerlo. Así, terriblemente herido, fue atendido por unas monjas.
—Tiempo después, unos canallas las violaron y las mataron a todas.–me dijo con lágrimas una tarde.
Y eso era la guerra, pues él mismo era una secuela viva de aquellos días que ahora las televisiones pretenden idealizar y recrear con fingida ternura.
—Nunca serás druida.–eso me lo dijo tres días antes de que una ambulancia se lo llevara al hospital.
Unos cabezas rapadas le habían propinado una paliza.
—El puto mendigo nos va de “rojo”.–ladraron mientras le doblaban el brazo a patadas.
Y cierto era, nunca sería druida. Porque para serlo, tendría que renunciar a mi comodidad, a mis vestidos y a mi apariencia social. Perdería la fatuidad de encontrar una “buena chica” y el que dirán me terminaría hundiendo en la marginación.
Pero me planteé hacerlo, dejarlo todo y escupirle a la Máquina en la cara.
Al día siguiente, el anciano no estaba, lo habían llevado al Hospital de la Caridad, me dijeron las palomas.
—¿Nos darás tu de comer?–susurraron.
Y el cielo seguía azul, pero nadie podía asegurarne por cuánto tiempo sería así. Y el mar estaba lleno de inmundicias y las ballenas nos suplicaban que abandonáramos nuestra cruzada contra ellas. Y el mundo iba a caer, me dijeron los árboles, nuestros sabios hermanos.
Él estaba en una camilla, esperando a que un pedante licenciado en una universidad privada le mirara con asco y le palpara friamente el brazo para asegurar algo que ya se sabía:
—El brazo está roto.
Yo lo miré con todo el asco que mis ojos fueron capaces de transmitirle.
—No val la pena jove.–cuchicheó Manel.
Durante dos días estuvo hospitalizado, pero cuando la policía se personó para confirmar la denuncia del anciano, éste había desaparecido.
Con el brazo enyesado y un arsenal de calmantes para el dolor, el hombre me pidió que lo ayudara a escapar de aquella merda.
Y durante varios días dormí con él bajo su pequeño puente, junto a una carretera nacional, escondido por unos matorrales que apestaban a lubricante.
—Algunas veces consigo ahuyentarlos, pero siempre se me colan drogatas y gente de mala vida.– decía entre suspiros resignados el hombrecillo.
Una noche fría de marzo, sujetando fuerte mi mano, me dijo:
—Nunca seas druida, te lo ruego.
Y yo lo comprendía, porque nosotros estábamos condenados a la extinción, porque moriríamos con el último árbol del Amazonas y con la última ballena asesinada por los japoneses.
Era una derrota anunciada, una senda de golpes contra el metraquilato, que inerte e invulnerable, se mofaría de todos nuestros sacrifícios.
No hay nada peor que estar en un fuego cruzado. ¿Quién renunciaría a la comodidad de su cama y de su sociedad? ¿Quién renunciaría a todo por seguir a una Naturaleza malherida?
Manel no quiso venir conmigo a casa. Decidió quedarse allí, sin destino fijo y sin patria ni bandera por la cual arrastrarse.
Y al regresar a mi piso, en la colmena de abejorros indolentes y conspiradores, lo encontré vacío y muerto. Nadie me esperaba, estaba solo.
Al día siguiente trabajaría de siete a tres de la tarde, luego asistiría a un curso de idiomas y luego cenaría viendo la televisión. ¿Y esa era la vida a la que no quería renunciar?
—Por qué poco me he vendido.–dije.
Al anochecer la Luna no estaba frente a mi balcón de piedra. Las luces de las oficinas comenzaban a apagarse una por una, hasta que el edificio quedó vacío y muerto.
Y por muy alto que mirara, siempre veía cristal y metal, cemento y granito para cuartos de baño de ejecutivo.
Entonces, sin saber porqué, sentí que había perdido la cordura. Mi fuerza se triplicó y mi ánimo era imperturbable. Un tremendo gigante se erigía frente a mí, grosero y obeso.
Bajando las escaleras de tres en tres, ya en la calle, decidí precipitarme contra aquel enemigo, que bajo mis puños y mi ira no tendría más remedio que perecer.
—¡No huyas, que sólo es un caballero el que te acomete!
Y de este modo, sin cesar de golpear a mi enemigo y sin Sancho que advirtiera de mi peligro, varios guardas de seguridad se avalanzaron contra mi cuando me disponía a reventar mi séptima puerta.
—Esta....por la Luna. Esta...por las ballenas. Esta...por los niños.–dije antes de caer inconsciente.
En la comisaría, donde desperté al cabo de once horas, me dijeron que tenía una conmoción cerebral leve y que me habían reventado un tímpano.
Yo apenas entendí nada, por lo cual decidí escupir a aquel agente, que me etiquetaba de perturbador del órden público.
Del órden de la Máquina.
Tras dormir en el calabozo y cubrir mis espaldas durante media mañana en aquel cubil, los tecnócratas me soltaron. Mientras bajaba por la escalera, tuve una excelente idea: destrozar mi documentación, vender mi piso y repartir el dinero al departamento de oncología del Hospital Central.
Sin más arma que yo mismo y sin más posesión que yo mismo, emprendí un camino que nunca terminaría, aunque no me importaba, ya conocía las reglas del juego y quería saltármelas.
—Mira papá, ese borracho está hablando con un árbol.–diría un niño años más tarde delante mío.
—No hijo, ni está loco, ni es un borracho. Es un druida.
A todos los ancianos de la calle.
diumenge, 20 d’abril del 2008
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5 comentaris:
l'he torbat força bo, encara que amb alguns peros. Tot i que, es clar, jo no soc ningú per posar-hi objeccions.Trobo algunes repeticions que es podrien pulir. La historia i el text es sustente be, i es fan inteligibles e interesants, encara que cap al mig es perd l'interes, una mica, per la baixada de l'intensitat. Tot i així, l'he llegit de gust.
Normalmente me repatea los cojones que un texto sea tremendamente tendencioso..
Pero éste ha valido la pena de leer. Aunque coincido con el comentarista anterior que falta un puntito de suspense, me ha podido la curiosidad de ver dónde iba a parar algo tan insólito.
comentarista?
hay que joderse. Si hubiese al menos birra de por medio...
Sólo importa lo que hay detrás.
Estilo, técnicas, suspense... no pretendo divertir, sólo quiero que al cantar en la plaza de los pueblos, alguien me escuche.
Que escuche, no que oíga.
Gracias por los comentarios.
Hu has fet tu????
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