dimecres, 5 de novembre del 2008

bany idíl.lic d'amor, ball perfumat de mediterrani

Vam fer l'amor abraçats per la brisa fresca que corria, perfumada del mar mediterrani, en una caleta solitària i deserta. Un paradís privat que ens induïa a un estat de relaxament i calma anímica, acariciats suaument per le llum minvant d'aquella posta de sol. Nus, despreocupats, entregats amb gran passió a aquell contacte, intercanvi de carícies, somriures fugisers, tactes excitants que eriçaven la pell. La vista d'un mar que es confonia amb el cel a l'horitzó, el so acompassat de les onades que trencaven lleument a dos pams dels nostres peus juganers; entregats a donar-nos plaer en un joc tendre acompanyat de l'estimació mútua que sentiem, un ball d'enamorats estirats damunt la sorra, sense importar-nos massa quedar-ne arrebossats, espolsant-nos i jugant amb ella.

divendres, 9 de maig del 2008

Liberalismo y Enorme determinismo materialista


Ser humano: ¿ser propietario -individualmente por su trabajo-?, ¿ser específicamente trabajador?

El principi fonamental del liberalisme és la propietat com a dret natural constituent de l'individu, el qual no es pot vulnerar, i amb el qual l'individu és lliure de fer el que vulgui. Donada tal definició, l'individu queda reduit a la seva condició material -l'únic que pot esdevenir propietat del que h ha en ell, o que, en una visió distinta a la liberal, l'únic que pot esdevenir-ho de tot allò que constitueix a l'individu.
Donat que l'individu és merament un cos objectiu, la seva relació amb els altres és una relació mecànica -mai subjectiva, ideal, o abstracta; sempre real, o objectiva. Però no només és així de limitada la visió liberal; segons aquesta doctrina l'únic tipus de relació -objectiva, per suposat- és la d'oposició, mai la col·laboració o ajuda mutua, car -segons els seus advocats- «la meva llibertat -s'entén, la de fer lliurement el que vulgui amb allò que és meu- d'un individu acaba on comença la de l'alre»; és a dir, ens coartem la llibertat -o el pas, car parlar de llibertat entre objectes mecànics ho trobo un malabarisme lingüístic- mutuament -mai constituim, en una relació, condicions que possibilitin major llibertat. L'associació mol·lecular que constitueix un ésser més complex, així com l'associació d'animals humans o no humans per a facilitar tota acció en mires al fi que sigui, són fets inexplicables i inexplicats dins el marc liberal; a tot estirar, les associacions humanes són simples formes d'organització per a mantenir distància entre individus i que així no es coartin tant. Mai ajudar-se; com a màxim, mantenir-se separats per a que cada individu tingui un espai de moviment on ell pugui actuar sol, sense ajuda ni coerció -la qual cosa, val a dir, crec que és una situació límit on existís el buit espacial entre individus, i aquest buit o manca de res extensa que pugui condicionar, pugui ser ocupat per un individu quan li plagui, sense estorbs; però realment existeix el buit, hi ha algun buit entre algun objecte o objectes i algun o alguns altres objectes?



¿Es el ser humano un homo laborans, es decir, por naturaleza su actividad es la labor productiva -su naturaleza o natural condición es el trabajo? Al márgen de que a estas alturas no parece haber razón para sostener -ni negar- que haya una esencia de nuestro ser, por falta de conocimiento respecto a si somos determinados a un télos aristotélico o a un fin histórico-ideal, o si somos libres; vayamos a tratar el asunto del trabajo como necesidad: necesidad de recursos externos debida a una carencia propia. Y así, planteémonos la cuestión del modo siguiente: ¿es una necesidad muy primaria o más secundaria el trabajo?
Para empezar, permítaseme otra pregunta que dará pie al desarrollo del asunto: ¿Qué necesitamos? Antes lo he dicho, necesitamos recursos externos. ¿Si tuviéramos esos recursos sin tener que trabajar -esto es, realizar un ejercicio con el fin de producir o obtener un recurso1-, trabajariamos? Es claro que no, de modo que no podemos contar el trabajo como necesidad primaria; antes bien, solo se trata de un medio de obtención de recursos, medio que va de nuestra necesidad a esa obtención -es el camino que une ambos puntos.
Necesario es aquello que se requiere para hacer algo de un cierto modo; si obtuviéramos el recurso sin trabajo, no necesitariamos trabajar. Ahora bien, ¿podemos obtener esos recursos sin trabajar? Si la respuesta es no, entonces nosotros -por ahora, al menos- necesitamos trabajar. Si así fuera, el medio de obtención sería tan necesario como el objeto-recurso mismo que necesitamos obtener.
De todos modos, ni el recurso ni el trabajo son necesidades estáticas, y tampoco absolutas. Aceptándose -por ahora, con tal de no abrir aquí otro tema, que nuestra constitución tiene dos ámbitos: el moral y el material; que por el primero queremos ser libres y por el segundo actuamos mecánicamente; y que ambos se combinan derivando todo el devenir -en que dos ámbitos participan: pretendemos ser autónomos y a la vez somos condicionados, siendo una mezcla, con proporciones variantes de ambos ingredientes, la que constituye el carácter de lo que hacemos (jamás del todo moralmente o del todo mecanicísticamente; solo en grados variantes). Toda necesidad se nos plantea como: (a) usar medios para fines subjetivos, (b) satisfacer una reacción-estímulo de vacío con el objeto que parece prometer esa tal satisfacción (o siendo menos abstracto, reaccionar a un impulso externo tal como nos define o confiere la reacción ese mismo impulso).
Vemos que el avance científico nos permite cambiar el tipo de recursos -por conseguir realizar algo con otro tipo de recursos, algo que satisface la misma necesidad que nos llevaba a usar el anterior tipo de recurso- y el tipo de medio de obtenerlos. Por tanto, no son siempre los mismos; y al no haber uno de estos por cada necesidad, tampoco deben asociarse absolutamente: la necesidad puede estar, y puede que la satisfagas sin ese recurso, de modo que quedaría eludido o fuera de lo que necesitamos -al menos, para tal necesidad.

diumenge, 27 d’abril del 2008

Mañanas de marzo

El sol iluminaba el mundo. O al menos, eso me gustó creerme. Era una de esas mañanas en las que la vida parece sonreírte. Podía verse el mar azul, a lo lejos, distante y cercano al mismo tiempo. Unos niños paseaban por el parque y las gaviotas ya jugaban al cortejo.

Sólo eran atisbos de lo que estaba a punto de llegar: una primavera deseada, un tiempo de paz y luz que Júlia añoraba cada vez más.

La anciana Júlia, siempre pendiente de sus hijos y nietos, de su marido tirano y de su perro maleducado, esperaba con anhelo su primavera querida.
No quería perder lo único que le quedaba, pero eso...ya había comenzado.
Nadie se lo había dicho, pero qué importaba, ella se había dado cuenta y no podrían ocultárselo mucho tiempo.

La abuela se sorprendía a sí misma saludando al ascensor, lejos de su cómodo sofá, en el frío rellano de la escalera. La niña del tercero solía encontrarla tirada en el portal, lloriqueando o sollozando nombres que se habían perdido en la bruma de los años.
La pequeña Arantza, que apenas comprendía nada, acariciaba la frente a Júlia mientras contaba el número de baldosas que habían desde el suelo hasta la lámpara de araña que se extendía gloriosa en el fimamento.

Entonces llegaba la ambulancia, su marido se personaba en el hospital sorprendido y los hijos enviaban heraldos y sicarios con flores.
Todos estaban siempre demasiado ocupados para decirle adiós a su madre.

—¿Se encuentra mejor, señora?–la voz era de una enfermera primeriza, casi adolescente.
Sus mejillas sonrosadas y su nariz de estilete hicieron sonreír a la anciana.
—Muy bien hija, sólo que tengo un poco de hambre.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que la chica regresara con un plato de puré y filetes de pollo.
—Le ayudo a comer, señora Júlia?
Los ojos de la enfermera la delataron. Ella también lo sabía.
—No, no. Gracias.

Sus hijos, pasados varios días, fueron a ver como estaba su madre, después de haberse caído
y fracturado una pierna.
La encontraron poniéndose el puré en el ojo.

—Qué desesperada puede ser la vejez y qué decepcionante....sobretodo–el hijo mayor salió horrorizado de la habitación.
—Y al final...para esto.–añadió la hermana pequeña, sollozante.

El marido, incapaz de creerse lo que pasaba, eludía en su mente lo sucedido. Todo se debía a un trastorno de sueño o tal vez a una depresión.
Pero eso no era nada grave, a fin de cuentas, sólo eran cosas de mujer.
Dos semanas después, el presentador del tiempo anunció lo que Júlia tanto anhelaba. Recordó que había soñado con las golondrinas y los brotes rosados del cerezo.
Y allí estaban. Las pequeñas y chillonas avecillas saludaban sin excepción a todo el mundo:
—¡Hemos llegado! ¡Aquí estamos de nuevo!
Pero sólo los poetas, los ancianos y los niños son capaces de escuchar su voz.
El resto, y lamento que resulte tan categórico, seguían el difícil camino de la vida. Ellos son los que ganan, pero jamás verán el cielo en todo su esplendor.
Yo lo veré, pero nunca venceré.

Muchas cosas sucedieron entonces.
Júlia se dio cuenta de que saboreaba sus últimos instantes de conciencia. Llamó a sus nietos y les dijo cosas bellas al oído. Cosas..... que pasados los años, no podremos olvidar. Susurros de esperanza, de sueños y de alegría.
Besó a su marido, que aunque gruñón y algo terco, había sido un buen padre.
Habló con sus hijos y les acarició la mejilla, saboreando su tacto.

Y entonces, sola ya en su habitación, se despidió de las golondrinas y les contó su tragedia.
—Pero si tu estarás aquí hasta la siguiente nidada, ¿porqué te despides?–preguntaron ellas curiosas, demasiado inocentes para comprender lo que sucedía.
—¿Vosotras olvidáis cómo regresar a casa, año tras año?
Los pajaritos chillaron alegres:
—¡Nunca!
La abuela asintió.
—Yo sí que lo he olvidado. Y pronto olvidaré muchas cosas más. Por eso, aunque os vea el año próximo, no os reconoceré. Vuestra voz me será ajena y puede que no me alegre ni me guste como ahora.
—Eso no es cierto. Tu alma nos ama...y eso siempre prevalecerá.
—Esperemos.

Y entonces todo se volvió negro y las hermanas cantaron una vez más su más bello credo, el que reza que los hombres son lo que recuerdan y lo que amaron, pero también lo que son en su interior.
Ella calló. El tiempo de las palabras había terminado.
Nunca le gustaron las despedidas.

G.Z

Y los que la oyen reír, ahora, dicen que no existe alegría más pura que la suya.

diumenge, 20 d’abril del 2008

Tecnofobia.........Por Gonzalo Zalaya

Tecnofobia Por: Gonzalo Zalaya.

—Tecnología.
—¿Qué dice vuesamerced?
—No lo se. De pronto esa palabra martilleó mis sienes y tuve que pronunciarla.–respondió el Quijote.
—¿Y esa tecnología no será acaso brujería y malas artes?–preguntó aterrado Sancho.
—Peor Sancho, mucho peor. Ni los más funestos y viles hechiceros llegarían jamás a causar tanto daño!–respondió horrorizado el último caballero.


Silencioso y callado, como la mayoría de las veces, observo el mundo que me rodea. Yo siempre digo que desde mi balcón se podía ver la Luna y las estrellas, y que podía espiar a Orión mientras cazaba ciervos en las constelaciones más remotas.

Ahora ya no.

Las grúas llegaron de improviso, insultando y amenazando con sus huesos de frío metal. La maravillosa edad del hierro y el cristal nos ha conducido a la ruina, diría más tarde mi padre.
Llegaron una mañana de febrero, helada y gris, llorosa y deprimida. Yo no lo sabía, pero nunca más podría ver la Luna desde mi pequeño balcón, que miraba a las montañas y al mar azul, tan lejano y distante como la mujer que amo.
Nunca más, lo cual es mucho decir.
En pocos meses erigirían su creación: una oficina de seguros de trece plantas y con pista de helicóptero en su azotea.

Ya nada podría consolarme, a menos que alguien hiciera desaparecer toda aquella tecnología prostituida al servicio del oro y las ardientes doncellas. Los imperios se mantienen con sangre y hormigón, pensé. Tampoco les importa la Luna.
—Es como cuando te encaprichas con una tía, te la enrollas y luego deja de importarte porque ya has conseguido el trofeo.–me diría dos días más tarde un tipo en la discoteca.
Ya la han pisado, ya la han poseído. Nada importa a la máquina, sólo quiere que dejemos de soñar, que nos angustiemos y solicitemos créditos a los bancos. Que seamos productivos mientras existimos y que muramos cuando dejemos de ingresar nuestro sudor en la Ruleta del Fracaso.

El anciano me miraba, como siempre, sentado desde su banco en el parque. Cada mañana alimentaba a las palomas y les decía cosas. Él ya era prescindible, ya no era un trabajador esencial. La Máquina había decretado que tenía que morir, pero él se resistía, cada mañana, mirando a los árboles y cantando a los pocos pajarillos que revoloteaban cerca suyo.

Estaba en una isla verde, rodeada de pútrido asfalto negro y atormentada continuamente por los miles de aullidos que la plebe y la muchedumbre emitían. Los coches arrollaban como lobos la carretera, devorándola con velocidad y estupidez.

Estaba solo. Siempre solo. Nada le perturbaba y la Máquina rechinaba sus dientes cuando los ordenadores encargados del censo le comunicaban que ese individuo no existía.
Nunca había sido registrado. Era libre.
Era un desgraciado, hubiera dicho cualquier necio.

Se llamaba Manel. Me lo dijo un día mientras compartía con él una horchata invernal. Su historia era triste, fruto de un tiempo de ira y odio que nunca más abandonó a este pueblo
—Durante la guerra fui biólogo. Una mañana de julio me llevaron a fusilar.–me dijo.
Tragué saliva.
—Pero me fusilaron mal. Ya me entiendes...que te metan una bala en el estómago siempre és fotut.–dijo sonriente–No pudieron conmigo.

Tras ello, los ganadores le dieron por muerto y todos los documentos oficiales así lo demuestran. Así pues, tenía un muerto delante mío. Un muerto divertido y lleno de anécdotas y aventuras. Sus familiares no querían problemas y cuando regresó a casa no quisieron reconocerlo. Así, terriblemente herido, fue atendido por unas monjas.
—Tiempo después, unos canallas las violaron y las mataron a todas.–me dijo con lágrimas una tarde.
Y eso era la guerra, pues él mismo era una secuela viva de aquellos días que ahora las televisiones pretenden idealizar y recrear con fingida ternura.

—Nunca serás druida.–eso me lo dijo tres días antes de que una ambulancia se lo llevara al hospital.
Unos cabezas rapadas le habían propinado una paliza.
—El puto mendigo nos va de “rojo”.–ladraron mientras le doblaban el brazo a patadas.

Y cierto era, nunca sería druida. Porque para serlo, tendría que renunciar a mi comodidad, a mis vestidos y a mi apariencia social. Perdería la fatuidad de encontrar una “buena chica” y el que dirán me terminaría hundiendo en la marginación.
Pero me planteé hacerlo, dejarlo todo y escupirle a la Máquina en la cara.

Al día siguiente, el anciano no estaba, lo habían llevado al Hospital de la Caridad, me dijeron las palomas.
—¿Nos darás tu de comer?–susurraron.

Y el cielo seguía azul, pero nadie podía asegurarne por cuánto tiempo sería así. Y el mar estaba lleno de inmundicias y las ballenas nos suplicaban que abandonáramos nuestra cruzada contra ellas. Y el mundo iba a caer, me dijeron los árboles, nuestros sabios hermanos.

Él estaba en una camilla, esperando a que un pedante licenciado en una universidad privada le mirara con asco y le palpara friamente el brazo para asegurar algo que ya se sabía:
—El brazo está roto.
Yo lo miré con todo el asco que mis ojos fueron capaces de transmitirle.
—No val la pena jove­.–cuchicheó Manel.

Durante dos días estuvo hospitalizado, pero cuando la policía se personó para confirmar la denuncia del anciano, éste había desaparecido.
Con el brazo enyesado y un arsenal de calmantes para el dolor, el hombre me pidió que lo ayudara a escapar de aquella merda.

Y durante varios días dormí con él bajo su pequeño puente, junto a una carretera nacional, escondido por unos matorrales que apestaban a lubricante.
—Algunas veces consigo ahuyentarlos, pero siempre se me colan drogatas y gente de mala vida.– decía entre suspiros resignados el hombrecillo.

Una noche fría de marzo, sujetando fuerte mi mano, me dijo:
—Nunca seas druida, te lo ruego.

Y yo lo comprendía, porque nosotros estábamos condenados a la extinción, porque moriríamos con el último árbol del Amazonas y con la última ballena asesinada por los japoneses.
Era una derrota anunciada, una senda de golpes contra el metraquilato, que inerte e invulnerable, se mofaría de todos nuestros sacrifícios.

No hay nada peor que estar en un fuego cruzado. ¿Quién renunciaría a la comodidad de su cama y de su sociedad? ¿Quién renunciaría a todo por seguir a una Naturaleza malherida?

Manel no quiso venir conmigo a casa. Decidió quedarse allí, sin destino fijo y sin patria ni bandera por la cual arrastrarse.
Y al regresar a mi piso, en la colmena de abejorros indolentes y conspiradores, lo encontré vacío y muerto. Nadie me esperaba, estaba solo.

Al día siguiente trabajaría de siete a tres de la tarde, luego asistiría a un curso de idiomas y luego cenaría viendo la televisión. ¿Y esa era la vida a la que no quería renunciar?
—Por qué poco me he vendido.–dije.

Al anochecer la Luna no estaba frente a mi balcón de piedra. Las luces de las oficinas comenzaban a apagarse una por una, hasta que el edificio quedó vacío y muerto.

Y por muy alto que mirara, siempre veía cristal y metal, cemento y granito para cuartos de baño de ejecutivo.

Entonces, sin saber porqué, sentí que había perdido la cordura. Mi fuerza se triplicó y mi ánimo era imperturbable. Un tremendo gigante se erigía frente a mí, grosero y obeso.
Bajando las escaleras de tres en tres, ya en la calle, decidí precipitarme contra aquel enemigo, que bajo mis puños y mi ira no tendría más remedio que perecer.
—¡No huyas, que sólo es un caballero el que te acomete!

Y de este modo, sin cesar de golpear a mi enemigo y sin Sancho que advirtiera de mi peligro, varios guardas de seguridad se avalanzaron contra mi cuando me disponía a reventar mi séptima puerta.
—Esta....por la Luna. Esta...por las ballenas. Esta...por los niños.–dije antes de caer inconsciente.

En la comisaría, donde desperté al cabo de once horas, me dijeron que tenía una conmoción cerebral leve y que me habían reventado un tímpano.
Yo apenas entendí nada, por lo cual decidí escupir a aquel agente, que me etiquetaba de perturbador del órden público.
Del órden de la Máquina.

Tras dormir en el calabozo y cubrir mis espaldas durante media mañana en aquel cubil, los tecnócratas me soltaron. Mientras bajaba por la escalera, tuve una excelente idea: destrozar mi documentación, vender mi piso y repartir el dinero al departamento de oncología del Hospital Central.

Sin más arma que yo mismo y sin más posesión que yo mismo, emprendí un camino que nunca terminaría, aunque no me importaba, ya conocía las reglas del juego y quería saltármelas.

—Mira papá, ese borracho está hablando con un árbol.–diría un niño años más tarde delante mío.
—No hijo, ni está loco, ni es un borracho. Es un druida.



A todos los ancianos de la calle.

dimecres, 16 d’abril del 2008

Furia desbocada

Nos complacíamos; satisfacíamos nuestras naturalezas específicas de vez en cuando, sin tener demasiado más en común. Habíamos firmado un pacto de complacencia mutua, sin debernos casi nada el uno al otro.
Era de noche, cuando escuché -provinente de la penumbra que habitaba esa habitación, tan solo iluminada por el reflejo de Hécate: Te voy a lamer de arriba a abajo, como a un dulce caramelo. Lamiéndote soy feliz.

Su cuerpo enfurecido se avalanzó sobre el mío, apresándome entre sus piernas y sus brazos como si se tratara de una doble tenaza muy poderosa; estrechándome el brazo izquierdo entre el cuello y la nuca, apretó sus labios contra los míos y metió rápida y hábilmente la lenguya en mi boca, mientras su mano derecha me descordaba los botones del pantalón e introducía con destreza sus dedos esbeltos en mis calzoncillos.
Me arrancó la ropa y empezó a agitarse con mi sexo junto al suyo, con mucha energía; notaba el ardiente nervio que me recorría el cuerpo..., los abduptores, el abdomen, la espalda, la mandíbula, los trícepts..., pero sobretodo el pene. Ella lo sentía, sentía que se me endurecía y agrandaba entre las piernas, en su sexo fundido con el mío en el calor de su aparetamento.
Era una fiera que se agitaba como desvocada, balanceando sus senos, gimiendo con bravura; parecía poseerme, como si fuera a devorarme. Ambos sudábamos, y ella no paraba. Estaba a punto de correrme y seguía lanzando sus senos, todo su cuerpo sobre mí, a un ritmo acompasado que avanzaba acelerándose; sentía su aliento en el rostro y ella el mío. Empecé; me estaba corriendo y ella seguía en su fuerza desvocada moviéndose como torbellino descontrolado; tenía el corazón aceleradísimo, las mejillas rojas, y mis ojos se abrieron como platos sin fijarme en parte alguna. Y ella no descendía en su fierez, sacándome todo, ya casi sin más que dar; y ella seguía y seguía...
Cesó en un suspiro largo y sensual, con mi polla empezando a blandear dentro suyo. Me sacó hasta la última gota, y dejó caer lentamente su torso sobre mí, besándome en los labios, descansando su pecho sobre el mío, mientras sentía su respiración relajada proveniente de su boca, de sus labios carnosos separados por espacio de un hilo, junto mi oreja, con varios mechones de su pelo rojo que se posaban sobre mi cara; un pelo brillante que olía muy dulcemente. Me besó otra vez la mejilla y se lo devolbí en el cuello, regalándome una sonrisa; me quedé luego unos minutos despierto contemplando la finura de su rostro, sus mejillas definidas delicadamente y sonrojadas por el sexo, la nariz tan acorde al conjunto, ni muy menuda ni muy estrecha ni lo contrario; el pelo suelto y agitado, descubría algunas pequeñas pecas no muy oscuras en su frente, su cuello, su espalda, sus mejillas.
Se acurrucó en la cama, describiendo un perfil junto al mío, una figura esbelta y sensual, levemente cubierta por la delgada sábana de un tono rosado suave -que parecía desteñido-; los primeros destellos del alba que despuntaba, peinaban la blanca mejilla izquierda y peinaban su delicado seno, brillándole el pelo como fuego que acaba de emprender ignición. La finura de sus facciones, con los ojos cerrados, y un rostro que mostraba descansar apaciblemente, me la revelaron como un ángel que había caido sobre mis brazos esa velada.